miércoles, 30 de octubre de 2013


DE LO QUE OCURRE CON LOS CALCETINES PERDIDOS O DEL CABREO DE PAULA Y SUS FRÍOS PIES. Historias de pieses contadas por una lunática.




 
  A veces, en mi profundo estado de enfado por el usual y curioso fenómeno al que me he permitido bautizar como “desparejamiento estructural de calcetines”, me pongo a elucubrar sobre la posible vida de estos pequeños y menospreciados seres que miman nuestros pies.

  Y dándole vueltas en mi infinito cabreo después de no encontrar ni una pareja de los 7 u 8 pares de calcetines que sufrieron el proceso lavadora-secadora en esta última jornada, he llegado a elaborar la siguiente hipótesis sobre los daños en la estructura de pares de estos pequeños guardadores de pies:

  Cuando entran en la lavadora, maltratados y mareados por el sufrimiento que suponen las más de mil revoluciones a las que los exponemos, se separan de manera drástica de su pareja de modo que se pierden, ya solitarios, en la inmensidad del tambor de aquella terrible máquina de lavado…

  Cuando por fin acaba la tortura inicial, para no ofendernos, fingen seguir perfectamente como pareja, como si aquel ajetreo no les hubiese hecho replantearse su vida de a dos, y no necesitaran un descanso en solitario. De modo que nosotros los tenemos en mano, a los dos, la pareja, que fingen aún ser felices juntos.

 Acto seguido los introducimos de la mano a la temible máquina de secado, que los torturará en otra atracción de vueltas altamente revolucionadas y a temperaturas insoportables para el pobre cuerpecín del calcetín que aún así lucha por sobrevivir.

  Pero a menos de cinco minutos del comienzo de la nueva aventura de secado, la pareja vuelve a sufrir un proceso de separación brusco, potenciado por el calor insoportable, que hace que esta vez ambos decidan que deben divorciarse. Y es en este proceso de divorcio que uno de ellos se queda en el hogar matrimonial actual (la secadora) y el otro viaja triste y solo a un agujero negro del que jamás volverá.

  Y así, amigas y amigos, es como al abrir la puerta del enorme tambor de secado, sólo uno de ellos nos recibe, triste, y nos mira fijamente a la cara resignado y explicándonos que jamás volveremos a ver a su compañero.

                                                                    Chim pum. Y no me lo explico de otra manera.

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