DE LO QUE OCURRE CON LOS CALCETINES PERDIDOS O DEL CABREO DE PAULA Y SUS FRÍOS PIES. Historias de pieses contadas por una lunática.
A veces, en mi
profundo estado de enfado por el usual y curioso fenómeno al que me he
permitido bautizar como “desparejamiento estructural de calcetines”, me pongo a
elucubrar sobre la posible vida de estos pequeños y menospreciados seres que
miman nuestros pies.
Y dándole vueltas en
mi infinito cabreo después de no encontrar ni una pareja de los 7 u 8 pares de
calcetines que sufrieron el proceso lavadora-secadora en esta última jornada,
he llegado a elaborar la siguiente hipótesis sobre los daños en la estructura
de pares de estos pequeños guardadores de pies:
Cuando entran en la
lavadora, maltratados y mareados por el sufrimiento que suponen las más de mil
revoluciones a las que los exponemos, se separan de manera drástica de su
pareja de modo que se pierden, ya solitarios, en la inmensidad del tambor de
aquella terrible máquina de lavado…
Cuando por fin acaba
la tortura inicial, para no ofendernos, fingen seguir perfectamente como
pareja, como si aquel ajetreo no les hubiese hecho replantearse su vida de a
dos, y no necesitaran un descanso en solitario. De modo que nosotros los
tenemos en mano, a los dos, la pareja, que fingen aún ser felices juntos.
Acto seguido los
introducimos de la mano a la temible máquina de secado, que los torturará en otra
atracción de vueltas altamente revolucionadas y a temperaturas insoportables
para el pobre cuerpecín del calcetín que aún así lucha por sobrevivir.
Pero a menos de
cinco minutos del comienzo de la nueva aventura de secado, la pareja vuelve a
sufrir un proceso de separación brusco, potenciado por el calor insoportable,
que hace que esta vez ambos decidan que deben divorciarse. Y es en este proceso
de divorcio que uno de ellos se queda en el hogar matrimonial actual (la
secadora) y el otro viaja triste y solo a un agujero negro del que jamás
volverá.
Y así, amigas y
amigos, es como al abrir la puerta del enorme tambor de secado, sólo uno de
ellos nos recibe, triste, y nos mira fijamente a la cara resignado y
explicándonos que jamás volveremos a ver a su compañero.
Chim pum. Y no me lo explico de otra manera.